Los clavos del chino no clavan

Los clavos del chino no clavan. Los clavos. Del chino. No clavan. Son de metal. Pero no clavan. Al tacto están fríos. Como los de cualquier otro sitio. Pero no clavan. Parecen buenos. Enhiestos. Pero no. No clavan. Los compras una tarde cualquiera de sábado, porque tienes un rodapié que se descuelga. Los ves ahí. Tan hermosos. Tan metálicos. Pero no clavan. Y tan baratos. Sobre todo, tan baratos. Pero no. Entras en la tienda, con algo de miedo. Hay algo en las tiendas de los chinos que te impone. Te hace entrar con cautela. ¿Tendrán un cuarto oculto detrás del muestrario de cortinas de ducha a dos Euros con noventa y nueve? ¿Un cuarto en el que tengan una máquina por la que entra petróleo en crudo y salen toda la gama de productos que en la tienda se pueden encontrar, y en la que trabajen tres mil chinos al mismo tiempo? Pero no. No clava. La china, esposa del chino, sale disparada a interceptarte, en una maniobra más propia de un cazabombardero F-15 Eagle. Te sigue, con sigilo, con disimulo, mirando por entre las estanterías donde se apilan los Jesucristos de plástico, los San Pancracios de plástico, los Budas de plástico. Te vigila. No sea que te lleves algún trozo de plástico. Pero no. La dejas atrás. Sigues por el pasillo donde están, todos juntitos, los recuerdos de Segovia, de París y del Sacromonte. Las sombrillas de playa. Las neveras de playa. Las pelotas de playa.

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Ilustración: Luis Sánchez

El recuerdo de la playa de Segovia. Alzas la vista, y ahí está. La hija de los chinos, que te mira, inquisitiva, desde el final del pasillo, simulando que juega con un cubo de Rubik. Giras en dirección a la zona de bricolaje y encuentras el mostrador donde están las cajitas de los clavos. Miras a derecha. Miras a izquierda. No parece haber nadie. Coges una cajita de los clavos del chino. De los que no clavan. Pero eso ahora mismo no lo sabes. Lo sospechas. Pero no lo sabes. Una vocecita en tu interior te dice: Pedazo de imbécil, por ahorrarte un euro de mierda, vas a coger basura. Pero no quieres escucharle. Ahogas, esa voz, al ver la etiqueta naranja. Cero coma noventa y nueve. Esa es tu pequeña gran victoria hoy. Te has gastado menos de un euro en los puñeteros clavos. Los coges, con cuidado, pues las cajas de plástico están pensadas para que te metas un tajo nada más tocar uno de los cantos. La inspeccionas, con cuidado. Te giras. En dirección a la caja. Y ahí está. El hermano de la china del cubo de Rubik. Con sus granos salpimentados por toda la cara, y su flequillo cortado en diagonal. Te está cerrando el paso. Comienzas a sudar. Te mira. Fijamente. Y te dice: “ESO, BUENO CLAVO. VENÍ CALPINTELO A COMPLÁ”. Tú le miras. Él te mira. Te asiente. Como los gatos de la suerte, pero sin alzar el brazo, que aquí está mal visto. Bajas la vista, le sorteas, enfilas el camino a la caja y entregas el trofeo. El padre chino te cobra los cero noventa y nueve y te da una bolsa de plástico enorme, seguramente fabricada con el mismo artilugio de la habitación oculta que produce el resto de artículos de la tienda, para que te lleves tu caja de clavos bien cómodamente hasta casa. Sales por la puerta, ha comenzado a llover. La sensación que tienes de haber comprado un chollo te embriaga. Ni te acuerdas de la vocecita interior. Piensas que eres grande, que esta vez has comprado el artículo que, por menos de un euro, es la bicoca del chino. Pero no. Los putos clavos no clavan. Entras en el rellano. Accedes al ascensor. Pulsas el botón al quinto piso, y mientras el ascensor se eleva, inspeccionas tu compra. Caja de plástico transparente. Clavos de cuatro centímetros, marca Wang Feng. Importados desde China por Distribuciones Chinatown. Polígono Mas de la Cova. Torrent. Valencia. Entras en casa. Te quitas la chaqueta y buscas las tijeras para abrir la caja de los clavos del chino que no clavan. Tomas tres de ellos, los pones entre los labios y el cuarto, el cuarto y ningún otro, lo tomas entre los dedos. Ases el martillo y te diriges al rodapié. Te agachas. Colocas el clavo perpendicular a la vertical. Lo fijas con pulgar e índice de mano izquierda. Alzas el martillo a los cielos. Como Thor. Lo levantas con vigor y sueltas un martillazo. La cabeza del martillo golpea la cabeza del clavo del chino. En una fracción de tiempo notas que algo no va bien. El clavo se dobla al recibir el golpe. El martillo se desplaza del plano original de golpeo, en dirección a tu pulgar. Los clavitos que tenías en la comisura de los labios se te caen, uno a uno, al suelo. El clavo del chino sale disparado hacia arriba y el martillo impacta con mala hostia en la uña de tu dedo. Una ola de calor te atraviesa el cuerpo. Sientes como si te fueran a estallar el dedo y la cabeza a la vez. Pero no gritas. No te lo permites, pues sabes que tu parienta te dirá que te lo tienes bien merecido por comprar una caja de clavos del chino que no clavan en vez de ir a la ferretería. De tus fosas nasales sale humo negro, como el de los dragones del Año Nuevo chino. Te retuerces como el dragón del Año Nuevo Chino. Pero estamos en septiembre y tú vives en Santander. Saltas como una rana –presa del dolor– y das un gran, grandísimo salto adelante. Te cagas en la madre que parió al chino y a todo su puñetero país. Pero no. En el fondo, sabes que la culpa es tuya. No del chino. Tuya. No deberías haber ido allí. Ya te lo dijo tu padre, que por eso es tu padre. Los clavos. Del chino. No clavan.

Relato basado en hechos reales.

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