Las páginas impares del roble

 Dedicado a mi buen amigo Enrique Ochotorena.

Los primeros haces de luz de la mañana entraban a borbotones por las rendijas de la vieja persiana de tablas que protegía el interior del dormitorio. Haritz estaba acostumbrado a madrugar; el accidente de tráfico que segó la vida de sus padres le había escupido de súbito a una existencia difícil, llena de sacrificio y trabajo derivado de vivir en, por y para el campo. Sus jornadas eran inacabables; no era fácil mantener las más de siete hectáreas que formaban la tierra de cultivo de aquel latifundio del que se obtenían lechugas, puerros, tomates, remolachas, así como también manzanas para la elaboración de la sidra, y uva de la variante txakolí. Además, tenía que organizar la vida dentro del enorme caserío propiedad de la familia desde hacía más de 100 años.  Aquella casa había sido símbolo de la creciente riqueza local a principios de siglo, dando paso con el tiempo a una decadencia bella, simple y sin estridencias, como una de esas mujeres que contienen la belleza limpia y serena en su senectud. La casa se componía de una amplia estancia central en forma rectangular, a la que se accedía desde la puerta principal y que hacía las veces de recepción y comedor. En el centro se ubicaba una gran mesa de madera rústica con cabida para una veintena de personas. Una chimenea de piedra dotaba de calor a la casa en los fríos inviernos atlánticos, y una red invisible de conducciones metálicas que partían de ésta proveía de calidez abundante al resto de la casa. A ambos lados, y orientadas hacia el sureste y noroeste respectivamente, se abrían dos alas de habitaciones. La más occidental, contigua al comedor, estaba formada por un largo pasillo en forma de L, por el que se accedía a cuatro grandes alcobas, conectadas por pares a dos aseos completos. El pasillo acababa muriendo en un hermoso pórtico interior de madera labrada, antesala de la única estancia que continuaba siendo opulenta, pese al paso de los años; la fantástica biblioteca familiar. Con más de tres mil libros, era más cuantiosa que muchas de las bibliotecas municipales de toda la comarca. Allí se podían encontrar libros de todas las temáticas, tamaños, calidades y colores imaginables, incluso alguna que otra reliquia con un importante valor económico. Opuesta a esta ala se encontraba el brazo oriental, con forma rectangular, en el que sobresalía la cocina, con sus paredes de piedra, y su precioso horno metálico de leña, donde antaño se habían cocinado tiernas carnes, frescos pescados, ricos dulces, todo tipo de verduras, e incluso el sabroso y consistente pan de miga dura. Anexas a la cocina, habían tres habitaciones más, que en el pasado habían dado alojamiento regular a los trabajadores de la casa, así como cobijo ocasional a más de un jornalero de los campos propiedad de la familia, que al amparo de la noche había huido medio bebido de los certeros sopapos de sus enfadada esposa. Finalmente, y en el extremo del pasillo, el acceso desde el interior a las antiguas caballerizas, ahora garaje, así como a los cobertizos interiores donde dormían tractores, trilladoras, segadoras, y decenas de aperos del campo.

Cualquiera habría entregado el sombrero por una propiedad así. La realidad es que Haritz, no. La extensión de su casa, el número de habitaciones o su solera no le interesaban lo más mínimo. Él pasaba la mayoría del tiempo trabajando muy duramente los campos; esa era su ocupación. El poco tiempo del que disponía lo dedicaba a su pasión verdadera: la lectura.  Devoraba literalmente los libros, convirtiéndose de forma involuntaria en protagonista accesorio de todos ellos. Había compartido trinchera con los soldados soviéticos en la agónica defensa de Stalingrado, en Bailén había disparado desde las atalayas al invasor francés y había navegado el océano Atlántico en la búsqueda del nuevo mundo. Ciertamente, había recorrido el mundo del derecho y del revés con la única ayuda de un puñado de hojas repletas de polvo y palabras viajeras.  Los libros le ayudaban a escapar usando la imaginación y pensando que algún día, él también encontraría sanguinarios reyes contra los que luchar, oscuras tramas que destapar, y hermosas mujeres a las que seducir.

Durante las templadas tardes del verano, y si el trabajo lo permitía, Haritz se sentaba a leer a la sombra de un espectacular roble cercano a la entrada de la casa. Aquel majestuoso árbol era un símbolo centenario de la familia. Provisto de un grueso tronco, mostraba exultante una frondosa copa de color verde pardo. Descansaba este majestuoso árbol en una senda que partía de las caballerizas, abría el paso lateral al caserío y marcaba la división natural entre la zona de cultivo y las dependencias habitables. Era el guardián impertérrito de la casa, que había acompañado a  las cuatro generaciones de la familia que allí habían morado.

Una tarde de mediados de Julio, como muchas otras, Haritz se sentó a leer. Apoyó su trasero en el mullido suelo, rodeado por pedazos de raíces, que se retorcían haciendo extrañas formas, a tramos fuera del suelo, a tramos dentro de él.  Se fijó en una raíz que parecía diferente al resto; la tonalidad era sensiblemente más clara.

-Debe ser mucho más joven que todas las demás-pensó Haritz.

Pasadas un par de horas, la raíz parecía haber crecido, además de haber cambiado de posición. Esto era un poco extraño, así que, arrastrado por la curiosidad, Haritz acudió al cobertizo interior de la casa a por una pala. Clavó la herramienta en la tierra, con cuidado, y dio la primera palada. El olor de tierra fresca lo embriagó. Cavó alrededor de la raíz, tratando de no dañarla con su vigor. En unos minutos, había despejado un área equivalente a una bañera. Nada encontró, aparte de las raíces ahora desnudas y descubiertas al sol del atardecer.

Consciente que, quizás había hecho una estupidez, y que podría dañar el árbol, giró sobre sus tobillos, con la intención de recoger la tierra y devolverla poco a poco a su sitio. Por puro instinto, volvió a girar y hundió una violenta palada en el suelo, a un metro aproximado de dónde había estado cavando, sin éxito. Golpeó algo liso y duro, lo que le hizo soltar la pala por el retroceso, cayendo a un lado.

        Extrañado, corrió al cobertizo a coger una pala más pequeña para cavar con mayor precisión. Extrajo montones de tierra húmeda. Tomó el cepillo de los establos y limpió la superficie del objeto que comenzaba a atisbarse; por primera vez vio su naturaleza. Ante él, reposando en aquel lecho ahora desnudo, acababa de descubrir un gran libro hecho de madera, con la portada exquisitamente labrada y en el que se podía ver, a modo de título, el nombre “Haritz” grabado con savia seca. Llevado por una curiosidad atroz, intentó abrir el libro por su parte media, pero no pudo mover la encuadernación apenas un milímetro de su sitio.

Increíble, increíble- no dejaba de repetirse a si mismo mientras intentaba abrirlo. Después de varios intentos por diferentes partes, el libro cedió por la primera página, y en ella, Haritz encontró una inscripción que decía lo siguiente:

Querido Haritz,

 

Me permito escribir el prólogo de este valioso libro, que durante años, he alimentado para ti. Esperaba que un día lo encontraras.

 

En él figura toda tu vida, desde el día que naciste, y he registrado todos y cada uno de los momentos de tu existencia. Para ello, he contado con la ayuda del viento, de las aves y las hormigas; todos ellos han sido cronistas de tus noticias en los momentos que no has estado aquí. Este manuscrito es tu vida, y como tal, está inacabado. Sé que durante estos años te has sentido muy solo; lo he percibido en tu interior. Por ello he escrito tu historia, para que cuando te sientas así, recuerdes quién eres y eso te ayude a superar esos duros momentos.

 

Como verás, solo están escritas las páginas impares; es en homenaje a tu abuelo Antxon y tu padre Josean, a los que tanto quise y tan bien me cuidaron. Como sabes, ambos eran zurdos, igual que tú lo eres.

 

Este libro es para ti. Ahora bien, he de advertirte de algo; no intentes saltar pasajes del mismo para leer el futuro; el libro no te permitirá pasar las páginas. Así pues, debes empezar desde el principio de tu historia, sin apresurarte, dando tiempo para que él traiga tus recuerdos al presente, tal y como yo he hecho durante estos años al plasmarlos en él.

 

Espero de corazón que disfrutes de mi regalo y deseo que tu tristeza, querido Haritz, 

pronto acabe.

 

 

Firmado: El Roble.

Haritz pasó la primera hoja y comenzó, así pues, la lectura del primer capítulo, el de su nacimiento. En éste, el libro hablaba de sus abuelos, del día soleado de Agosto en que nació, en la habitación de matrimonio del caserío. Avanzó la lectura del libro, pasando las páginas con esfuerzo y sumo cuidado, hasta que presa del cansancio, cayó profundamente dormido.

Amaneció con el despuntar del alba, y acudió al interior del caserío a asearse y desayunar. Dedicó toda la mañana a arar el de campo, comió apresuradamente un trozo de pan con cecina de jabalí y un par de manzanas, y se dispuso a continuar con la lectura del fascinante libro. Leyó acerca de sus años en la escuela, recordó con nostalgia el primer beso con aquella niña de ojos negros como el azabache, escondidos de las miradas indiscretas, en el patio trasero de la escuela. También se le encogió el corazón al recordar a su abuelo Gonzalo, siempre con aquella pipa de tabaco aromático colgada de la boca. Era viejo, rudo y tacaño en palabras, todo ello consecuencia de la vida que le había tocado vivir, pero adoraba a su nieto. Sonrió divertido al leer las historias con sus amigos, aquellas fiestas en Verano en Hondarribia, Getaria, y Donosti, así como también al recordar los fríos Sábados en invierno pasados en el txoko de su amigo Egoitz, haciendo brasas para mantener caliente el ánimo y vivaz la mente.

Avanzó la lectura hasta la mayoría de edad. Recordó a su amor platónico, Susana, que había marchado a estudiar Veterinaria a Zaragoza. La temprana partida de Susana fue un golpe que Haritz tardó en asumir. Y más cuando ella volvió, pasados un par de años al pueblo, cogida del brazo por un estudiante de medicina de Vitoria.

Se estaba haciendo de noche, y Haritz estaba agotado. Cerró el libro con cuidado y durante unos instantes miró en la lejanía, hacia el Oeste. El Sol teñía el manto nocturno con trazos rojizos en el extremo del horizonte. Una brisa fresca venía de esa dirección acariciando con suavidad su cara. Podía escuchar la cadencia rítmica del aire, una sinfonía de corcheas díscolas que lo envolvían con ligereza, alborotando su flequillo y jugando caprichosamente con el cuello de la camisa.

Poco a poco la lectura iba llegando al presente. Sabía que quedaba poco por leer, aunque el libro no tenía ni una cuarta parte de su volumen consumido, y pensó que al día siguiente tendría tiempo para llegar al final y descubrir qué sorpresa, si es que la había, tenía guardada aquel libro entre sus entrañas.

 

Sábado, 27 de Agosto. 16:05 horas.

Haritz había devorado literalmente la comida, intentando que esto le restase el menor tiempo posible para la lectura del libro. Cuando hubo terminado, recogió la mesa, salió de la casa dejando la puerta de entrada entornada, y se dirigió con paso rápido a cubrir los veinte metros escasos que separaban la casa del roble. Cuando hubo llegado, entró en la pequeña fosa, se acomodó apoyando la espalda contra la pared vertical y abrió el libro por la página donde había dejado la lectura la noche anterior. En ella se podía leer:

Sábado, 27 de Agosto, 07:00 horas.

 

Inicio un nuevo día, y aparte del trabajo que me queda en el campo, no encuentro el momento de seguir leyendo el libro que me tiene absorto. Intentaré acabar temprano, a ver si quizás para las tres puedo haber comido y comenzar con la lectura. Estoy sorprendido, alegre, y también un poco asustado; no sé que tiene guardado el libro para mí; no sé hasta donde va a llegar la narración. ¿Qué ocurrirá cuando llegue al presente? ¿Me revelará algo de mi futuro? ¿Volaré algún día lejos de aquí? ¿Encontraré a alguien especial que  comparta mi vida?

……..

 

Las tres de la tarde. Acabo de terminar mi jornada por hoy. La hice algo más corta para poder comer rápido y tener las máximas horas de luz cerca del libro. Cogeré cualquier cosa para comer y me daré prisa en llegar hasta el roble.

……..

Es extraño pensar que el libro me esté ofreciendo como lectura aquello que está pasándome ahora mismo, como si se alimentase instantáneamente de la realidad. ¡Pero qué demonios!-si estoy leyendo ya el presente-Un escalofrío me acaba de recorrer todo el cuerpo de arriba abajo, ya he llegado hasta el final de lo conocido; y sé perfectamente que algo va a ocurrir en breve, algo importante. El libro me invita a prepararme.

 

El viento azuzó con una ráfaga la copa del roble y generó en el movimiento de las ramas y hojas un delicado sonido. Haritz permanecía sentado, expectante. En ese instante, una voz dulce sonó a sus espaldas.

-Disculpa; estoy buscando el caserío de los Garay y me he perdido. ¿Me podrías ayudar?

Haritz se dio la vuelta como movido por un resorte. Lo que vio le dejó pasmado. Delante de él había una chica realmente preciosa. Vestía unos vaqueros y una camisa de manga corta azul claro y llevaba una mochila de color tierra que descansaba en su hombro izquierdo. Su expresión era algo indescriptible; las facciones de su cara le eran al mismo tiempo conocidas y lejanas; como si al la conociese de siempre y no la hubiese visto en su vida. Se sintió embriagado; se acababa de enamorar, y no era capaz de articular una sola palabra.

Pasmado, giró levemente la cabeza y sin apenas apartar la vista de la hermosa joven, miró el libro. En él había escrito algo nuevo. En cursiva, con una letra algo más grande y de color más intenso, ponía:

“Es ella.”

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