NW London | Zadie Smith

Texto publicado en #27 de Granite&Rainbow

De las cosas que se estiran y se encogen

Bienvenidos a una historia que se estira y se encoge, que cuenta la vida de Leah, Natalie, Felix y Nathan, cuatro personas originarias todas ellas del deprimido noroeste de Londres- conocido entre los de allí como NW- lugar donde la gente crece con escasas ambiciones más allá de no meterse en demasiados líos, o tal vez algunos sí, con la ambición de meterse en líos de los gordos, lugar del cual emergen las dos primeras, blanca y negra, impulso y cordura, amigas complementarias en busca de rumbo que enderece las impertinentes inconsistencias personales que las persiguen mientras crecen, van al Instituto, aprenden a beber, a amar, a sufrir, a follar, a desdeñar, a poner cada cosa en su sitio (equivocado) pensando que quizás una providencia del destino ponga esas cosas y a ellas mismas en la estantería correcta de la habitación, lugar en la que se apilan los libros de Derecho que Natalie, conocida en su infancia por el nombre menos pasante de Keisha, estudiará años después en la Universidad de Bristol, siempre recatada, siempre haciendo lo que se espera de ella, al tiempo que Leah, estudiante en Londres, trabajará en restaurantes, bares, tugurios aceitosos, para costearse las anfetaminas de los viernes y los estudios de los lunes, para viajar a Bristol a ver a Natalie, antes conocida como Keisha, que descubrirá el activismo político ligero, al aburrido Rodney Banks haz-lo-que-debes, al pijo de mierda de Francesco, Frank para los amigos, Frankie para ti, cariño, y asumirá poco a poco que el éxito no se va a basar en la felicidad como la imaginamos todos, sino en un concepto ad hoc del orgullo y la capacidad de auto superación, de auto definición, de transustación, amalgamada esa mezcla con un toque de elitismo social que configurará a la jodida infelicidad en la que Natalie se sumergirá después de años clientes de mierda, de cenas de mierda, del matrimonio con el bobo de Frank- ya te lo dije más de una vez, ese tío no tiene nada dentro de la cabeza que valga la pena, era mejor el vibrador que te regalé para tu cumpleaños -¿fueron dieciséis?- y que tu madre te pilló por casualidad dentro del armario- piensa con frecuencia Leah, que, por su parte, termina conviviendo con un marsellés negro, macho-alfa refinado, del siglo veintiuno, peluquero (¿se puede concebir un macho alfa de pelo afro que trabaje peinando rizos?) con toques afrancesados que no sabe pronunciar el nombre del marido de Natalie-antes conocida como Keisha- llamado Fgggank, el mismo peluquero alfa refinado que quiere tener un niño porque cree que es lo que una pareja de sus circunstancias y edad deberían hacer, el que presiona a Leah con la importancia de tener un hijo, el que ayuda con su actitud a abortar a ésta y ahonda en ella la sensación de frustración y vacío que ya viene de serie desde Kilburn y que ha venido a quedarse hasta que caigas-Leah te lo estoy advirtiendo- fulminada por un rayo o te pete el corazón o te atropelle un autobús o lo que sea que coño pase con tu vida.

Visitación.

Travesía.

Visitación.

Cinco. Fases. Tiene el libro. Cinco fases que alumbran el camino. Uróboros. Capítulos numerados erráticamente. Con nombres de códigos postales. Con el número 37 que aparece repetidamente en distintos puntos del libro. Como a Leah le gusta. Vertiginoso. Despiadado. Real. Salvas de ametralladora cuyas balas trazadoras saltan de página en página. Este libro incluye indicaciones de GPS para moverse entre Yates Lane y la Avenida Bartlett. Para consumir por vía oral tres veces al día, a tragos largos. Con textos en forma de manzanos, en forma de bocas con lengua. Con listas de deseos juveniles. Cuatro personajes redondos. Tres historias entrecruzadas. Y las dos amigas. Leah y Natalie-antes conocida en Willesden Lane, en Shootup Hill, en Kilburn High Road, en Albert Road-fatídico Albert Road- como Keisha. KEI-SHA. Arrastrando ambas dos el descontento vital que surge del choque (estratosférico) entre un hedonismo individualista contemporáneo y social y los clichés de comportamiento heredados de hace cincuenta años. Cásate. Estudia para ser algo de provecho. Ten hijos. Encuentra a un hombre. ¿Antes, o después de tener hijos, Mamá? ¿Antes o después de ser alguien de provecho, Papá?

-Shar, me llamo Shar

Lo que sois –ambas- es dos amargadas que no sabéis lo que queréis, ni cuando lo queréis, ni por donde queréis que os lo metan. ¿Orgasmo vaginal? ¿Orgasmo clitoridiano? Fijaos en Félix. El que quería ser guionista. El que amaba a Grace, el que sentía lástima y risa de su viejo, el rastafari. El que iba a dejar a su amante del Soho porque Grace había empezado a importarle más de lo asumible. Fijaos en Nathan, el que quería ser futbolista. El que llevaba locas a todas las niñas del Brayton. Rubio, con ricitos. Que mono eras con tus quince años en el Instituto, cabrón. Y ahora fijaos en mí. Yo también era otra cosa. Era guapa. Era luminosa. Sabía dar las gracias en el idioma de mis padres. Namasté. Así que no os creáis más de lo que sois, las tres venimos de Kilburn, en NW London, por mucho que vosotras os creáis diferentes, por mucho que queráis prosperar. Que os den, vosotras y yo no somos tan distintas. Somos hijas bastardas del NW. De esta puta mierda de mundo metido a puñetazos entre Hampstead, Kilburn, Willesden, entre Cricklewood, por el parque y por Brondesbury. Y aunque queráis pasar capítulo y olvidar que venís de aquí, siempre volvéis. Siempre volveréis. Para recordar, para olvidar, para superar. Pero siempre volveréis a Kilburn. Oléis a NW.

-Vale tío, no andaré jodiendo, no seré tan dura con ellas. Vale. De acuerdo.

El Ying

Leah Hanwell. La del novio afro. Le timé treinta libras en su propia casa, hace unas semanas. En su propia cara. Ya ves, la puta droga no da tregua. Le habría timado más. Podría haberlo hecho. Pero no quise. Tenía un apartamento currado. Y estaba embarazada. O eso decía. No quería decírselo al maromo. ¿Por qué? Porque no quiere tener hijos.  No. No quiere asumir esa mierda de mujer madre. Muchas no quieren. Yo no quiero. Además, no da ese perfil, tío. Pelirroja, huesuda. Nerviosa. Una zorra de Willesden. Ahora cada vez que me ve por el barrio me da el coñazo con que le devuelva la pasta. Y no tengo la PUTA PAS-TA. ¿Vale? Así que se ande con cuidado. O irá Nathan a explicárselo a ella y a su novio, el cara de mono. El que se harta a poner a Los Kinks a todo volumen los sábados en la peluquería de Shootup Hill. Ahora que lo dices, sí, estaba un poco desquiciada. Sí, me lo soltó todo. Me dijo que no se sentía preparada. Que habría preferido acabar teniendo un trabajo mejor. Que rondaba los treinta y no sabía qué tenía que hacer con su vida. Que se había casado con Michel porque se conocieron en el momento justo, en el sitio apropiado. Porque entre ellos, el matrimonio había dado lugar a la amistad, y no al revés. Me invitó a un té. Sonó el teléfono, sí, y lo cogió en la cocina. Hablaba sin parar. Parecía una puta cotorra. Sí. Me dejó sola por su sala de estar. ¡Y yo qué sé! Hay personas que son así de confiadas. Le di pena, supongo. Si no, no me habría dejado pasar a su casa, ¿no crees?. Y no me habría ofrecido una taza de te. ¿Qué cómo era la frase que tenía en la nevera? La única autora. La única autora del diccionario que la define. Eso era. Es una frase cojonuda. Estaba dibujada en un papel, pegado en la nevera. Una de esas neveras color plata, de las que parecen una puta tostadora enorme. Y me dio su número de teléfono. No. Me lo dio dos semanas después. ¡Si me la he encontrado varias veces por la calle en todo este tiempo! Tío, creo que me persigue. ¡Yo qué sé! Dice que quiere salvarme, colega. No seré su propósito de redención. A mí no hay nadie que me salve. Soy yo la que no quiero salvarme. Igual debes hacer algo al respecto.

El Yang

Natalie Blake, antes conocida como Keisha Blake. La que tiene todo controlado. Ella sí. La que vive el sueño iluso de convertirse en alguien cuya existencia podría tener sentido por sí misma. Yo creo que en el fondo no tiene ni idea de lo que quiere. Si estuviera en la puta calle, como tú y como yo, se preocuparía más de guardar la espalda y menos de dar sentido a su puta vida. ¿Tal vez, algo relacionado con el eterno retorno a los orígenes lo que te retiene en la realidad del extrarradio londinense, Natalie? Quizás eso te mantiene mentalmente lejos del centro, de la City, de la atalaya en la que la Libra Esterlina se defiende de los ataques especulativos? Tú, que te cambiaste el nombre, que te reinventaste para no oler a NW, tú que sigues con los dos pies bien juntitos la máxima que reza “Tal vez sea la profundidad con la que el capitalismo penetra en las mentes y los cuerpos de las mujeres lo que hace que su modo básico de relacionarse con los demás sea la “comparación implacable”. Tú, que tu Personal Jesus era Michelle Holland, también nacida y crecida en Kilburn, hija de un pedazo de cerdo carne de cárcel y de una pobre loca carne de psiquiátrico, que eras un prodigio en las Matemáticas, alguien que iba a llegar lejos, que tenía planes para salir de las horrorosas torres del sur de Kilburn, que prosperaría, que tendría éxito. Hasta que acabó absorbida por el entorno en un oscuro agujero de silencio, y cayó, y cayó, y desapareció por él a los abismos del fracaso.

No serás feliz nunca, Natalie -antes conocida como Keisha-, lo llevas en la sangre. Esto es NW. África. Trinidad. Barbados. Jamaica. Subcontinente asiático. La nueva Inglaterra. La tierra prometida. Que empiece la travesía.

-Tengo algo que contarte-le dijo Keisha Blake (después conocida como Natalie) a Leah, disfrazando su voz con su voz.

El

mal

ya

está

hecho.

 

 

 

 

 

 

 

 

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