La hermosa profesión hipocrática

Elpidio tenía un buen problema. Él y su pene no se llevaban bien. De hecho, sería tibio decir que se llevaban mal, pues en realidad se hacían la vida imposible; sobre todo su pene a él. Y esa es la razón por la que, harto de sufrir, resolvió buscar ayuda médica.

Buscó en las páginas amarillas un médico especialista en traumas, que tuviera, si podía ser, consulta en la ciudad; para él eso era sin duda sinónimo de buen profesional del ramo. Llamó, explicando vagamente a la enfermera que no se llevaba bien con nosequién y ésta, que no entendía ni media qué tipo de dolencia podía tener el extraño llamante, accedió a regañadientes a citarlo para la semana siguiente, jueves, a las quince treinta.

Llegado el día, se presentó en la dirección facilitada, un antiguo edificio de piedra rugosa y blancuzca en la Avenida del Palomeque, número seis. Entró en el portal, saludando esquivamente al portero, un hombre cuya barriga parecía una sandía con pelos que asomaban por entre el cierre abotonado de la camisa, dotado de un hermoso bigote, y que tenía la portería, a modo de improvisado altar de ofrendas, llena de posters de Victoria Vera en paños menores y vergüenzas menores aún.

-Oiga, por favor; me puede indicar en qué piso se encuentra la consulta del Doctor Pesulé?-preguntó con un hilito de voz.

-Belsué, señorito, se llama Belsué, y está en el tercer piso, puerta doce.

Tomó el ascensor hasta el tercer piso, y una vez en el rellano, se acercó indeciso a la puerta, y llamó al timbre colocado justo en el centro de la misma, haciendo un ruidito metálico más del estilo del timbre de una bicicleta de paseo infantil que de un portalón de madera maciza de dos metros de alto y ciento veinte kilos de peso.

Le abrió la puerta una enfermera entrada en años y carnes, con una facha más propia de trabajar en un bingo cantando bolas que en una aséptica consulta médica. Le dio la bienvenida con un elegante “¿mande?”, y lo acompañó por el pasillo hasta la sala de espera, donde haciendo honor a su ilustrativo nombre, esperaban unos cuantos e infelices pacientes.

Pasados unos cuarenta minutos, la enfermera asomó la cabeza por la puerta, y con su voz de binguera dijo: ¿Elpidio Matojo? Acompáñeme.

Se levantó y la acompañó mansamente, pensando asustado como le contaría al médico su caso. Franqueó la puerta y entró en la consulta, una espaciosa habitación forrada de madera, con una gran estantería plagada de libros y estatuillas, y con las paredes plagadas de diplomas, todos ellos firmados por Su Majestad el Rey. Viendo esto, Elpidio se sintió algo aliviado, pensando que si los diplomas los había firmado El Rey en persona, seguro que no sería mal profesional.

Detrás de una enorme mesa de madera maciza se encontraba el Dr. Belsué, un hombre de mediana edad, porte apolíneo, con un intenso bronceado y con el pelo cortado y peinado de forma precisa, casi matemática.

-¿Señor Matojo? Encantado de conocerle. Dígame, ¿cómo puedo ayudarle?

-Pues Usted verá, Doctor, que tengo un buen problema-contestó Elpidio.

-Bien caballero, no se preocupe, pues con toda seguridad es algo de  escasa importancia-opuso el Doctor Belsué seguro de sí mismo, al tiempo que cogía un caramelito de un cuenco de cristal encima de la mesa y se lo metía en la boca.

-Si Usted, lo dice…bien, el caso es que vengo a verle porque, ejem….estoy peleado con mi pene.

El médico se tragó el caramelo de golpe, y de poco no se ahoga. Se quedó mirando con los ojos como dos claraboyas a aquel hombrecillo de talle cómico, con sus cabellos ralos y peinados sufridamente para así cubrir una galopante calvicie frontal.

-Pero vamos a ver, Señor Matojo; ¿cómo que se ha peleado con su atributo varonil, hombre?

-En efecto, Doctor-apostilló el hombrecillo-Estamos enemistados desde hace dos años, tres meses y doce días.

-Anda, que tiene Usted constancia de cuándo le sobrevino tal desgracia?

-Sí, Doctor Farisé; fue un seis de octubre. Recuerdo que me encontraba en una exposición de urticáceas, tema que, por otra parte, me obnubila; una señora exposición, déjeme decirle, de las mejores que sobre el tema ha albergado esta villa insigne.

-Sí, sí, continúe y no se ande por las ramas- opuso el Doctor Belsué.

-Pues recuerdo que estaba en el pabellón de las ortigas, deleitándome con su estimulante visión, cuando de repente, me vino.

-¿Le vino, qué?

-Pues que va a ser, Doctor Cascurré; una micción repentina.

-Ahm…Y, ¿qué pasó?

-Pues que le pedí con mucha educación a mi miembro que hiciera gala de un poco de paciencia, pues no era el momento adecuado para acometer esa intempestiva evacuación.

-Bien-contestó el doctor, al que la historia cada vez le hacía más gracia- ¿y entonces ocurrió…?

-Pues ocurrió que se molestó. No se aún si fue por el tono subido de mi mandato o simplemente por no atender a sus deseos, pero noté que se revolvía nerviosa por dentro del braslip, que quería como decirme algo; hasta que hizo eso…

-¿Qué fue lo que hizo?-preguntó el Doctor.

-Escupir, Doctor Besulé,  escupir-contestó Elpidio.

-Belsué.

-¿Cómo?

-Que me apellido Belsué; da igual, siga con la historia.

-Sí, eso. A punto de abandonar la exposición, comencé a notar que expulsaba pequeñas gotas, y que fue aumentando la cadencia y tamaño de las mismas de camino a la parada de autobuses. Y todo ello, fíjese, a pesar que le había prometido darle gusto urinario nada más llegásemos a casa. Ni por esas; ya en el autobús que cubre la hora y media entre el centro de la ciudad y mi pueblo, la situación viró a incontenible. Se puso a chillar, a cantar el himno de la legión, como una loca dando golpes en mi bragueta. Al poco se irguió de manera escandalosamente grosera, apuntando directa a una hermana carmelita que había ocupado el asiento frente al mío, Doctor Nestlé, gritando y tratándome de tirano, dictador y perro. Traté de no escucharla, de no hacer caso a su ridículo enfado, de disimular el hecho que aporrease la bragueta, chillando, que incluso hubiera bajado un poco la cremallera, asomando su lampiña cabeza púrpura para mayor vergüenza (o placer visual, según se mire) de la monja, que había comenzado a santiguarse y pasar las cuentas del rosario a la velocidad del rayo. El caso, Doctor BelAir, es que cegado por la vergüenza, intenté subir la cremallera con un golpe seco, sin darme cuenta que él aún asomaba por la abertura.

-¡Ay Señor!-exclamó el Doctor.

-Y Jesús y María, Doctor. Le pillé de lleno; el vello se me puso de punta, los testículos me golpearon uno contra el otro cuales péndulos de Foucault. Comenzó a chillar lastimosamente y a modo de  venganza, se orinó encima mía, mientras juraba a voz viva que a partir de entonces me iba a enterar, que me iba a hacer la vida imposible. Hasta hoy.

-Ya.

-Pues imagínese que sufro un calvario por su culpa, Doctor Pelé.

-Belsué, por Dios, que me llamo Belsué…

-En efecto, Doctor Melé, como yo le digo. No conseguimos poner paz en esta guerra. No somos  capaces de ponernos de acuerdo. No para de boicotear todos y cada uno de los escarceos amatorios que, por otra parte, alguien apuesto como yo, ha de tener por fuerza.

-Cuente, cuente, no me deje a medias con su historia. ¿Qué le hace su manubrio?- preguntó el facultativo Belsué.

-Le cuento; cada vez que me agrada alguna mujer y me resuelvo a intimar con ella, da al traste con mis intenciones de la manera más peregrina. Recuerdo el doloroso caso con una bella señorita de provincias, de la cual me prendé, y a la que insultó de manera fatal al proponerle el acto sexual, llamándola fea del culo, tonel de vino barato y barbuda de los huevos. O aquel episodio en el que intenté beneficiarme a una estupenda mujer de edad madura, y que al imaginarse él introducido en su florecita, reaccionó abriendo la cremallera para gritarle vieja, cacatúa y acto seguido, mearse en sus muslos mientras se reía de ella.

-Qué horror-concedió el médico.

-Imagínese; y lo peor no es eso; ha sido mucho más doloroso cuando es a él y no a mí a quién le agrada la hembra en cuestión. Cuando se le antoja un trasero puede llegar a ser insoportable. ¡Y encima es que tiene un gusto pésimo! Si no me gusta el pompis que ha elegido, se trempa de forma harto violenta, y se dedica a rotar brutalmente sobre su eje, canturreando, silbando y expulsando humores. No sabe Usted, Doctor Plié, lo humillante y doloroso que puede llegar a ser. La mayoría de veces, me presiona los nervios ciáticos de tal manera, que no me permite ni incorporarme si estoy sentado, ni sentarme si estoy en pie; de esta manera, solo puedo mostrarme encorvado, caminando a la pata coja y con varios tics nerviosos en la pierna. Comprenderá que en esa tesitura, Doctor Minué, el escándalo ofrecido en la vía pública es morrocotudo. Recuerdo un día en que se le antojó una pelirroja escuálida y malhablada que regentaba una frutería. Al mostrarle mi tajante negativa a yacer con semejante fémina, se enfureció de tal manera que me bloqueó los conductos urinarios e inflamó brutalmente mis testículos. No podía soportar el dolor; era horrible. Aprovechose él de mi debilidad para conducirme por la fuerza y entre estertores a un “night club” de travestidos al final de esa avenida. Una vez allí, y ante la mirada atónita del portero del club y de dos ejem, señoritas a medias que descargaban unas cajas de gaseosas, se lanzó a gritar:

-¡ Manolos! ¡Que sois todos unos Manolos!

-¡Madre del amor hermoso!-exclamó el médico, intentando enterrar su incipiente risa. ¿Y cómo consiguió salir Usted de esa?

-Pues para empezar, con los dos ojos a la funerala gracias a sendos puñetazos del obtuso vigilante jurado del local. Y para continuar, con el ano como la bandera imperial del Japón, tras el enculamiento sodomita y lamentable que los dos “transformistas” que en ese momento descargaban las cajas de gaseosas me sometieron tras meterme en el local a mamporros, Doctor Mequinez. Se aprovecharon por turnos de mi inocente “cerito”, mientras este maldito colgajo que por castigo adosado a mi cuerpo está, se reía profusamente y silbaba, alegre, varios temas de Massiel. Estuve dos semanas teniéndome que sentar de lado, Doctor, ¡Dos semanas!

El médico, harto de tanta perorata, y con la pierna derecha dormida por la postura, se levantó de su silla, sorteó la mesa y se dirigió de espaldas a nuestro héroe, en dirección a la ventana.

-Bien, Señor Matojo-suspiró el Doctor Belsué-¿y cómo pretende Usted que yo le ayude, siendo que mi especialidad es la trumatología?

Elpidio no hizo el más mínimo caso de semejante pregunta, pues había notado algo raro en su cuerpo. No podía quitar la vista del respingón traserillo del galeno, y descubrió con estupor que le gustaba. Y no solo eso, sino que se percató que a su manubrio también le estaba comenzando a hacer gracia la idea.

-Comprenderá Usted, Sr. Matojo-continuó el médico, ajeno al peligro que corría- que mis conocimientos de la medicina no abarcan a satisfacer el caso que Usted me plantea, pues es más propio de un profesional de la psiquiatría, que de un vulgar médico traumatólogo-concluyó.

-Cierto, Doctor-respondió Elpidio, con la mente ida, pensando que por primera vez en dos años, su morcillamen y él se habían puesto de acuerdo. Se imaginó adentrándose en esas posaderas, dando gozo a su otrora enemigo, y preso de una extraña fiebre sexual, se imaginó a si mismo portando un enorme ariete que lanzar contra las indefensas puertas del poporembo del doctor. Fuera de sí, poseído por la lujuria, saltó como un resorte de la silla y se acopló por detrás del médico, enroscando su pierna a la pernera de éste, como un perrillo en celo.

-¡Oiga!, ¿pero que está haciendo?- exclamó Belsué totalmente fuera de si. ¡Quítese de en medio, tío guarro! ¡Enfermera! ¡Llame a seguridad, por Dios bendito! ¡Quítenme a este monstruo de encima!

Pero era demasiado tarde; en una hábil maniobra, Elpidio Matojo había conseguido aflojar el cinturón y desabrochar su pantalón, que colgaba ahora asimétrico, por entre las depiladas piernas del Doctor.

-¡Señor Matojo! ¡déjeme el calzoncillo en paz! ¡Quite, loco! ¡Enfermera! ¡Enfermera!

Lejos de cejar en su empeño, el enloquecido atacante despejó las últimas líneas de defensa del médico, y con el acceso ya totalmente franco, apuntó con precisión su extasiado ariete hacia el objetivo del deseo de ambos.

El Doctor Belsué, comprendiendo su situación, abandonó la lucha, preparándose para el fatal momento. Y entonces, al punto que  era estrenado, visualizó mentalmente un hermoso campo de amapolas, y bellas mariposas de mil colores, y un cielo precioso jalonado de mullidas nubes de algodón de azúcar. Y ante tal despliegue de magia y de color, agradeció a Dios y al mundo por la hermosa profesión hipocrática.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s