La sangre que la nieve roja drena | Reseña para G&R #23

Nieve blanca. Pura. Agua en régimen rojo de congelación. Tintada de sangre. Testigo y encubridora de decenas de millones de muertes con sufrimiento salvaje. Presente, silenciosa, en la destrucción de la vida de generaciones de personas, que como Iván Denisovich Shukhov, nacieron en el lugar y momento menos indicado. En su herencia genética, la dosis exacta de patriotismo inocente y valentía silenciosa y forzada, tan característica del pueblo ruso para soportar a sus dirigentes. Fueron ambos, la nieve y el silencio, los aliados impertérritos del NKVD-la insaciable policía secreta soviética- para intentar perpetuar lo macabro y sepultar así aquello que nació como el paraíso del hombre normal y que acabó convertido en un uróboros que fagocita sus propias entrañas y arrasa como un huracán sombrío cualquier vestigio de dignidad y compasión humana.

Aleksandr Solzhenitsyn fue actor principal, tanto o más que su personaje, de esta realidad. El impulso juvenil marcó en él un deseo irrefrenable de volar y convertirse en escritor, siguiendo los pasos de Tolstoi o Dostoievski, pero la Gran Guerra lo cazó despegando y a baja altitud y lo obligó a volver a la dura y nevada tierra rusa para incorporarse al ejército rojo que plantaba cara a los nazis al este y luego al oeste del Elba, al tiempo que ocupaba y fagocitaba grandes extensiones de terreno de otros países de la llanura central europea. Dotado de una mente excepcional, Solzhenitsyn vivió una vida que por sí sola ya sería merecedora de varios premios Nobel. Hijo de un terrateniente cosaco muerto antes de nacer él, consiguió acaparar unos sólidos estudios universitarios en Física y Matemáticas. Fue capturado poco antes de la ofensiva soviética por Berlín en 1945, encerrado temporalmente en la terrible cárcel Lubyanka y enviado a un centro de investigación para científicos recluidos por crímenes políticos cerca de Moscú.

Varios años después fue enviado a un centro de trabajos forzados de la red de campos conocida como Gulag, esta vez en Kazajstán. Es en este lugar donde se originará el germen de Un día en la vida de Iván Denisovich. Su objetivo es dar a conocer la realidad del sistema de represión del régimen. Ayudado por Alexandr Tardovsky, redactor jefe de la revista literaria Novy Mir para su publicación,Solzhenitsyn cuenta veinticuatro horas en la vida de un preso común. Y lo hace lejos de grandilocuencias, lenguajes ampulosamente acusadores o resentimientos postreros. Contar sin opinar. Que sea la realidad quien otorgue a cada uno su lugar.  A través de esas veinticuatro horas, narradas con una asombrosa sencillez, puedes comprender la insondable profundidad del alma humana. Personas que ajustician a otras personas. Personas que sobreviven a entornos brutales, a temperaturas insoportables, a vejaciones intolerables. Personas que, por el contrario, saborean con ilusión infantil situaciones que para la inmensa mayoría de la humanidad serían pequeñeces. Personas que establecen relaciones de amor y de odio para el resto de la vida. Personas. Personas. Millones de ellas, que como Iván Denisovich Shukhov, sufren en sus carnes la brutalidad represora del régimen del oso Stalin. Vivencias estas, que aportan un testimonio de valor incalculable como denuncia pública, cargado de una valentía excepcional.

Ligada irrevocablemente a su hermana Archipiélago Gulag, ambas obras conforman un testimonio obligado sobre la realidad de la URSS y la Europa del  Siglo XX y uno de los más grandes tesoros de la densa literatura rusa. “Un día en la vida…” fue, en el momento de su publicación, un auténtico terremoto social tanto dentro como fuera de la Unión Soviética, dinamitando los cimientos de lo que idílicamente se entendía como el paradigma del estado proletario.

Vanya, el superviviente.

Es Vanya*, el protagonista indudable de la novela, un auténtico superviviente. Persona de hábitos simples, carpintero de profesión, padre de familia y habitante de un remoto pueblo de la Rusia Central, es capturado por los nazis con escasos treinta años, pero consigue escapar y reincorporarse a las filas del ejército rojo al poco tiempo, incorporándose a la vanguardia del frente. Su ejercicio de valor y patriotismo es increíblemente mal pagado con la acusación de haber desertado de las filas soviéticas para ser captado por los nazis y volver después infiltrado como espía. Por ello es condenado a diez años de trabajos forzados en los confines de la estepa siberiana. Después de más de ocho años encerrado en varios campos del Gulag, la mayoría de sus dientes desaparecidos por los golpes y el escorbuto, y su complexión esmirriada y macilenta por la disentería, Vanya ha comprendido hace tiempo que, como una vez le dijera su jefe de brigada Kusiomin, “Aquí, muchachos, impera la ley de la Taiga. Pero también aquí viven hombres. En el campo sucumben aquellos que lamen los platos, especulan con la enfermería o denuncian”.

Por ello, Iván Denisovich entiende que ha de convertir todos sus días en una iteración perpetua de períodos de veinticuatro horas que se repiten, calcados, un día detrás de otro. Escribir un diario que arranca a las cinco de la mañana y se borra en su totalidad una vez se apagan las luces del pabellón de descanso. Sin importar que en el pasado haya tenido una familia, dos hijos, un trabajo, él ha de aplicar todos sus sentidos en sobrevivir, dedicando todo recurso a afinar una inquebrantable fidelidad a la vida. Visionar a través del caleidoscopio tintado de blanco y rojo un minúsculo punto de luz al final de la oscuridad. Iván Denisovich, o el preso S-854, entiende pronto que su única forma de subsistir se concentra en responder a dudas tan transcendentes en su situación como de qué manera guarecerse del frío brutal, tanto en los barracones de descanso como al raso de las zonas de trabajo forzado, cómo conseguir raciones extra de sopa de patata con raspa de pescado, de engrudo de avena o de pan negro mojado y mohoso. De qué forma esconder una pequeña cuchilla con la que servirse para hacer babuchas y reparar las botas de otros presos. Cómo y a quién hacer los favores justos y necesarios para procurarse ciertos artículos que no se pueden conseguir de otro modo. Vanya lucha, en definitiva, por mantener los ojos bien abiertos y las espaldas cubiertas. Lucha por su vida, con la esperanza lejana (y vacua, seguramente) de que algún día el castigo terminará.

El día por el que transcurre la trama argumental arranca antes del alba y transita entre golpes e insultos por los barracones del centro, por los patios a la intemperie donde los presos soportan temperaturas inferiores a -30º, en la lenta espera para el recuento previo a la marcha. En los comedores, pasa de puntillas por los diez minutos permitidos para el desayuno, te lleva hasta un nuevo recuento en el patio y una dura caminata de kilómetros por la taiga siberiana. Soportando el inapelable frío, acompaña a Iván Denisovich y sus compañeros de reclusión en su caminar, en filas de a cinco, pegados unos a otros. Las manos cruzadas detrás de la espalda, las cabezas hundidas, marchando como penitentes de procesión a un entierro. Es testigo mudo durante la severa jornada de trabajo físico portando ladrillos, cemento, construyendo paredes, cegando ventanas con los cristales rotos por el viento, dejándose la vida en cada paletada de mortero y en cada golpe de martillo con el único objetivo de mantener el frío a raya. Trabajo innoble realizado para el beneficio de los necios, para el mantenimiento de la trituradora. Persigue la jornada al Sol en su agónica puesta y retorna con la becqueriana comitiva al centro de reclusión, cargados los presos con el cansancio acumulado del día, y muchos de ellos con alguna rama encontrada entre la nieve que pueda servirles de leña y que, seguramente, será confiscada a golpe de culata de rifle por los guardianes de la entrada para uso propio. Tres mil seiscientos cincuenta y tres días exactamente iguales a éste. Esa es la condena real. Saber a ciencia cierta que mañana será igual de brutal que hoy. Que no hay tregua. Que cuando acabes de cumplir tu condena, llegará un documento de Moscú que te prolongará la tortura otros diez años más. Qué la mayoría de presos no sobrevive para llegar a ver el final de su periodo de confinamiento. Que prácticamente nadie ha conseguido salir del centro para volver con los suyos. Que los únicos brazos que te esperan al final del túnel están fríos, muertos.

Y eso lo sabe cualquiera de ellos, a poco que permanezca pocas semanas en este lugar infernal. La estancia en uno de estos campos tatúa en la piel de todos y cada uno de los presos un mapa imborrable, un legado de profunda humanidad y estúpida barbarie con cierto regusto a síndrome de Estocolmo. Si Iván Denisovich nos lo pudiera mostrar, veríamos rayada a surcos en su piel la sonrisa del camarada Kilgas, el letón. Su mostacho poblado y vigoroso, perteneciente a otra época, a otro lugar. Porque nada en un campo de concentración, ni siquiera un mísero mostacho, tendría que parecer, en principio, vitalista. Advertiríamos en algún lugar la Biblia adventista de Alyoshka, la pipa humeante de César Márkovich, o la gorra de marinero del torpedero Bujnovsky, una vez compañero de mares de un Lord del Almirantazgo de la Marina Real Británica. Por debajo de su camisa sucia y hecha jirones, de su abrigo de guata, seguro que podríamos advertir la figura tatuada de los dos estonios de nombre desconocido que después de haberse conocido en el campo, nunca se separaban el uno del otro y parecían hermanos siameses unidos por una fina cortina de aire. O a Gopchik, el joven inocente y dadivoso de aspecto frágil por cuya supervivencia pocos apostarían un kopek, pues es Gopchik, especialmente, el tipo de personas que no puedes imaginarte en un lugar así. Seguro que también Senka Klevshin, con su sordera derivada de las vejaciones tanto en los campos de exterminio nazi como soviético tendría su rincón en ese tatuaje. Incluso Tyurin, el jefe de la brigada 104 lo tendría.

Héroes anónimos.

La verdadera grandeza de la obra de Solzhenitsyn estriba en ser capaz de transmitir el testimonio de estos héroes anónimos, en trasladar su esperanza por regatear el destino, en su fidelidad a la vida, en la paz y el perdón con el que son capaces de responder a la brutalidad de un sistema que los utiliza de mero combustible. Todas estas personas han sido despojadas de la capa más adulta de su propia identidad mostrándolos ante nosotros lectores, desnudos ante su destino, inocentes, convertidos en individuos desprotegidos, carentes de cedazo ideológico o valentía politizable, reducidos a una suma de simples personas ante la muerte segura.

Porque es de una grandeza narrativa y moral excelente contar todo esto sin un ápice de miedo, haciendo frente a la maquinaria censuradora soviética con la verdad de quién lo ha vivido en sus carnes y aún es perseguido por ello. Ilustrar, además, esas veinticuatro horas cualesquiera en la vida de Vanya con austeridad y rigor, apuntando los focos a la historia y no a la técnica, que se mantiene en un respetuoso segundo plano por detrás de la grandeza del testimonio y de los protagonistas.

Un día en la vida de Iván Denisovich es, por todo ello, un diario cosido a puntadas gruesas con las hebras de los gritos a volumen de susurro que, obligatoriamente, ha de impactar en el corazón de todos nosotros para alertarnos una vez más que la noche de los tiempos, el horror absoluto, está siempre a la vuelta de la esquina.

 

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