El aroma del café

Relato ganador ex aequo del concurso “Relatos de la escucha y la visión”, organizado por el Centro Óptico y Auditivo Rufo, de Madrid. 

Febrero 2013

Todas las mañanas, Enrique tenía por costumbre bajar a aquella vieja cafetería de la esquina. Allí molían el café en un molino artesano de hierro viejo que se encontraba situado en un extremo de la barra. En su proceso, éste provocaba un crisol de aromas intensos que fusionados con el habitual catálogo de pequeños ruidos y tintineos creaban una estampa irrepetible. Acudía a desayunar allí desde hacía varios años; conocía a los dueños, un adorable matrimonio de edad algo avanzada. Ella era sobresaliente por su intenso olor a fresas y tarta de crema, desde primera hora de la mañana, mientras que él lo era por su firme voz y por la calidez de sus manos cuando se las ofrecía a modo de saludo fraternal.

Cada visita le resultaba en extremo placentera, permaneciendo suspendido por sus cuatro percepciones sensoriales para atender exclusivamente a aquella sinfonía de cucharillas, pequeños choques de porcelana, cristal y metal, susurros, plácidos sorbos cafeinados, y una extensa y colorida variedad de placeres sensitivos.

Al ser ciego de nacimiento, Enrique desarrollaba un mundo de percepciones diferentes a las del resto de personas. No entendía de atractivos visuales, de resultonas combinaciones de colores, de luces o sombras. Le bastaba percibir un aroma, oír el timbre de una voz, escrutar el tacto o el gusto de las cosas; le bastaba y le sobraba con todo eso, porque estaba seguro de que su visión del mundo era mucho más rica y variada, libre de las convencionales ataduras visuales.

Una mañana de primavera, en la que los pajarillos habían decidido ofrecer un pequeño concierto a capella, en plena calle, y los cabreados conductores hoy no lo eran tanto y por suerte no utilizaban las bocinas de sus coches como molesta  amenaza sonora, Enrique dirigió sus pasos a la cafetería para tomar su primer ristretto, corto, amargo y sabroso. Ocupó su mesa habitual, a un par de metros de la entrada y a tres pasos contados de la parte central de la barra. Se acomodó con cuidado en la silla y pidió su café, listo para disfrutar con la paleta diaria de aromas y sonidos. Pasaron varios minutos de goce perceptivo, cuando escuchó la campanilla que anuncia un nuevo cliente entrando en el local.

El tintineo de aquella campanita fue preludio de un ritmo acompasado de tacones claramente femenino, acompañado por un suave aroma a jazmín que inundó el ambiente del local y un irresistible “buenos días”, dedicado a los dueños y clientes de aquel local.

Al pasar la mujer por su lado, Enrique bloqueó todas las sensaciones restantes para centrarse en lo que percibía de aquella nueva presencia que contaba con una dulzura y sofisticación a su juicio, extraordinaria. Liviana por sus suaves palabras, contundente por sus potentes silencios, pura música por su forma de mover la cucharilla rítmicamente al mezclar el azúcar del café.

Pasaron los días, y Enrique estableció una cita imaginaria con ella. Ésta, sin tener ni idea de este secreto acuerdo, acudía a ese encuentro día tras día, sin falta. Todas las mañanas Enrique tomaba asiento en su privilegiado palco y se deleitaba con aquella insoslayable dosis de dulzura femenina.

Después de un par de meses, ya le era imposible resistirse al torbellino que ella generaba a su entrada. Tomó la decisión de retrasar diez minutos la apertura de su pequeño taller de marquetería, para poder despedir a diario a aquella mujer sin mediar palabra alguna entre ellos. En el barrio, Enrique gozaba de un merecido prestigio por sus excepcionales trabajos de taracea, sus incrustaciones milimétricas y sus labradas obras de arte en madera, así que su meditado retraso no resultó en absoluto relevante.

Aquella mujer le había asaltado el pecho. Su aroma había bloqueado cualquier resistencia posible, el ritmo de sus tacones lo había embelesado. Enrique deseaba con fervor que aquello fuese real. Anhelaba su contacto, su aliento, sus idas, sus venidas. En sus ensoñaciones la había hecho diosa de su bóveda celeste, diablesa en sus sótanos más profundos. A veces, derrotado por el pesimismo y el paso de los días, se convencía a sí mismo que ese amor debía terminar acallado en el rincón de los imposibles. Sería para siempre su secreto oculto. Nada ni nadie le sustraerían esa ilusión, la guardaría para él, ella nunca lo sabría, nunca jamás.

Así transcurrieron días, semanas, corrió el tiempo en el que disfrutaba y sufría por partes iguales. Ella era su amor distante, sereno, irracional, pero al mismo tiempo le quemaba el alma, por no poder confesarle la pasión con la que la evocaba en su mente y la aparente violencia con la que, simultáneamente, la alojaba en el fondo de su corazón.

Enrique se sentía enfermo. Desorientado. Confuso. No tenía el control de sus emociones, de sus percepciones. Todos los aromas, los ruidos, las texturas, los sabores le conducían a ella. A su amor de sombras y luces. A su pasión imposible.

O quizás no fuera tan imposible, pues Lucía se había enamorado de él desde el primer día que entró en la cafetería y percibió aquella mezcla de aromas a sándalo, madera vieja y cola adhesiva que él desprendía. La idea de encontrarlo cada mañana se había convertido en razón suficiente para acudir a diario allí. Lo había alojado en el trono de su cálido reino de piel rosada y trémula, y lo había hecho protagonista de largas noches de pasión solitaria y desvelo.

Y desde la penumbra competían en igualdad de fuerzas, pues Enrique no sabía que aquella magnífica mujer que lo estaba volviendo loco también era, cómo él, invidente.

 

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