Cartas al director (La conjura de los necios) para G&R #20

Remitente: Ignatius J. Reilly

Destinatario: Redacción Granite&Rainbow

A  la atención de: La Directora.

Muy incompetente dama,

Me veo en la absoluta obligación de intervenir mediante la siguiente carta a la desafortunada suma de aberraciones que el señor Fornes, ese redactor mongoloide que ustedes mantienen en nómina de forma lamentable, ha vertido sobre mi indefensa persona en forma de la reciente reseña que han publicado en la dudosa revista literaria que dicen gobernar. Permítame decirle que el alarde de vulgaridad de éste- que voy a rebatir con la furia propia de un coloso -ha provocado en mí una indignación sobresaliente cuyo lesivo resultado ha sido mantenerme cuatro días en cama a dieta de Dr. Nuts y bizcochos borrachos de los grandes almacenes Holmes.

Los problemas laborales a los que- continuemos con la narración de su ataque furibundo hacia mí -hace referencia y que les refiero textualmente (A través de sus vicisitudes, despliega una soberbia a ratos involuntaria a ratos premeditada que le provoca continuos problemas laborales, éticos y gástricos) no son sino una consecuencia lógica del decadente y abusivo mercado laboral al que mi talento se ve forzado a acudir por circunstancias diversas. En primer lugar, he de relatarles forzosamente el horroroso episodio en el que me vi envuelto cuando tomé la triste decisión de acudir a Baton Rouge para una entrevista de trabajo con un importante profesor de la Universidad local en ese engendro mecánico e hidráulico al que algunos fenómenos de la ingeniería llaman autobús y que me trajo de vuelta confundido a altas horas de la noche, en taxi y sin trabajo, cerrando así mi primer y último viaje fuera de esta ciudad de la perdición en la que habito. En cuanto a ese oscuro agujero del capitalismo llamado Levy Pants, sólo les diré que la experiencia laboral allí vivida ha sido un carrusel de despropósitos generados casi en exclusividad por la incapacidad manifiesta del encargado, Sr. González y la despreocupación del propietario de la firma, el Sr. Levy, al que incluso me vi moralmente obligado a auxiliar redactando y firmando una carta en su nombre y bajo su desconocimiento (era sin duda la mejor manera) para abroncar a Mercancías Generales Abelman, su principal cliente, por la insolente carta enviada por éste quejándose acerca de la baja calidad de los productos manufacturados en nuestras anquilosadas líneas. Mis prácticas laborales revolucionarias- atrasar la entrada en la oficina como mínimo una hora para esquivar esa primer período lúgubre de sopor mañanero que invade el cuerpo del abnegado trabajador y convierte cualquier tarea en una penitencia -, mi interés en embellecer el lugar de trabajo con carteles plenos de color, flores de lis recortadas, banderolas y guirnaldas, e incluso el mitin que con tanta abnegación ofrecí a los trabajadores de la firma en el que los exhortaba a decir basta a este sistema que los explota y exprime y los animaba a tomar contundentes medidas de presión contra la dirección fue malinterpretado por todos. Por parte del patrón, que vio en esa arenga bienintencionada un motivo suficiente para el despido, y por parte de los mismos trabajadores, que escasos de fe, abandonaron la causa que les ofrecía y abrazaron de nuevo la desidia unos, y la botella, otros. Vaya por delante que su primaria calificación de héroe a mi persona (se podría decir que con Ignatius Jaques Reilly, Nueva Orleans ha alumbrado a un héroe) me satisfizo en grado sumo, pero esa sensación, lejos de afianzarse con la lectura de los siguientes párrafos, se ha ido marchando por el contrario al sumidero oscuro del desagrado. La rueda de la fortuna, hacedora de todo bien y mal en este mundo de proxenetas, sigue girando en contra de mis intereses y me mantiene en el ciclo descendente por un período de tiempo ya en exceso prolongado. La explicación sobre mi vestuario que este subhumano al que mantienen entre sus juntaletras ha hecho es difamante y lejana a la realidad, pues la chaqueta de John Deere (para los menos avezados, el mejor fabricante de maquinaria industrial y forestal a ambos lados del Mississippi) a la que hace referencia (Un titán histérico y delicioso mezcla de una ballena con chaqueta de leñador y un rinoceronte con gorra) me protege del frío húmedo de esta ciudad de locura, al tiempo que me otorga un aspecto distinguido. Dudo mucho que si este señorzuelo tuviera la oportunidad de vestir una prenda como ésta supiera si quiera cómo hacerlo de forma conveniente.

En cuanto a mi confusa experiencia como asistente de venta ambulante para Vendedores Paraíso poco he de referirles, salvo que la baja de calidad de sus productos, unos paramecios artificialmente coloreados a los que el encargado se enorgullece en llamar salchichas, así como ese grosero traje de pirata que éste se empecinó que vistiera para el desempeño de mi labor no me dejaban margen alguno para desplegar mis innegables virtudes comerciales. Es por motivos como estos por los que mantengo una difícil relación con la economía productiva de este país que me genera los diversos problemas físicos y éticos a los que su beodo redactor hace torpe referencia.

Pese a todas estas dificultades, el ingenio no ha partido de mi lado, lo cual es un regalo caído del cielo (si este existe en su versión espiritual y no es un faux pas del obtuso conocimiento del universo por parte del hombre).  Le vengo a confirmar este punto, fémina enclenque, pues el exhorto reaccionario y grotesco de su redactor Fornes contra mi visión del mundo (En su elefancíaco transcurrir, este particular superman tripón despotrica de todo y todos; contraviene en su cruzada a jefes, encargados, madres, policías, ancianos y cualquier otra forma de autoridad que ose discutir su visión de la sociedad presidida por la filosofía del pensador Boecio y su imparable rueda de la fortuna mientras escupe su manifiesto sociopolítico en decenas de cuadernos de gusanillo Gran Jefe que andan escampados por el suelo de su caótica y marrana habitación y que un día amenaza con compilar y publicar para gran desgracia de la inmundicia presente en el planeta), no hace sino reforzar mi visión decadente de este mundo en su totalidad carente de buen gusto, decencia, teología y geometría. La profusa serie de notas que reposan torneándose convenientemente con el tiempo  en esos cuadernillos serán un día recopiladas para la composición del mejor y mayor exhorto a la vida decente y comprometida que jamás se haya escrito y que bien harán en reseñar favorablemente en su publicación si no quieren verse convertidos ustedes en el hazmerreír de la comunidad literaria mundial.

En cuanto a mis supuestos problemas con el sexo de Venus, permítame decirle a Usted, dudosa representante de éste, que su perrillo faldero Fornes vuelve a errar el juicio. Las féminas me adoran. Ejerzo sobre ellas un poderoso influjo físico e intelectual que me convierte en el muso exclusivo de todas aquellas que han tenido el placer de conversar conmigo. Bien diferente es el caso de mi llama desapegada, Myrna Minkoff, ese cabritillo perdido y vulgar cuya única preocupación es la promoción del sexo universitario y la algarada pública constante. Ardo en deseos de tener la ocasión de afearle la conducta de manera personal, cosa que ocurrirá sin duda uno de estos días, cuando resuelva personarme en la urbe sucia y tenebrosa donde habita: Nueva York.

El caso de mi madre es diametralmente opuesto. Lejos de ser protectora, garante de mi bienestar y proveedora de placeres gástricos, esta mujer no hace sino ser fuente de preocupaciones para mi persona por su afición intempestiva a trasegar alcohol para el almuerzo y la cena, así como por sus cambiantes obsesiones conductuales-ahora le ha dado por acudir a jugar a los bolos vestida y pintarrajeada como una cacatúa. Entiendo que así jamás logrará el favor de ese abuelo marchito que la corteja con desvergüenza. Y sospecho que en un plazo de tiempo más bien corto, habré de ser yo quien me convierta en cuidador suyo, con el grave inconveniente que esto supondrá en la concreción de mi plan para imponer la decencia y el buen gusto en el mundo.

Me tilda de egoísta y soberbio. De estrafalario. Ese mequetrefe periodista me califica en su lastimosa reseña como recalcitrante, inteligente, soberbio, hipocondríaco, infantil, punzante, procaz, déspota, destartalado, mordaz, pantagruélico, obsesivo, inconstante y atemporal. Sepa usted, fémina atolondrada, que la lectura de todos y cada uno de estos improperios vertidos por este fenómeno de la evolución Darwiniana me han soliviantado en lo más profundo. Mi válvula pilórica no deja de cerrarse y abrirse aleatoriamente desde que tuve la, oh, desgracia de leer semejante enumeración, cosa que me provoca unos terribles accesos de flatulencia y me han obligado a visitar al doctor LePierre en fecha reciente para el tratamiento de este shock (es obvio que les pasaré la minuta del galeno para que procedan a su liquidación inmediata).

Por último, les diré que no conozco a nadie que se llame Toole, y mucho menos que se autocalifique como mi creador. Esto es, sin duda, una elucubración etílica de su, una vez más, incompetente redactor.

Por todo lo anteriormente expuesto le informo que estoy resuelto a emprender acciones legales contra su enclenque publicación, de modo que es probable que una jauría de expertos abogados laboralistas contratados por mí se ponga en comunicación vía conferencia con su departamento legal, para el inicio de los trámites y pesquisas necesarios, cosa de lo que la prevengo convenientemente.

No me resta más que desearle suerte ante el huracán que le viene encima.

Coléricamente suyo,

Ignatius J. Reilly.

P.S.- Le remito la reseña publicada por Ustedes como prueba adjunta a esta carta. Espero que a su lectura, se le caiga la cara de vergüenza.

Reseña de “La conjura de los necios” para G&R

Robert Fornes

Como surgido de un enorme cajón de madera en un número de magia de cualquier garito de Bourbon Street, se podría decir que con Ignatius Jaques Reilly, Nueva Orleans ha alumbrado a un héroe. Un titán histérico y delicioso mezcla de una ballena con chaqueta de leñador y un rinoceronte con gorra que surge de las tripas de la ciudad dando voces y disparando improperios a babor y estribor. Y es que nadie como él, con su brutal humanidad-para lo bueno y lo malo-ha sido capaz de representar de manera tan precisa la egoísta existencia del ser humano, al tiempo que conjunta una variedad de opiniones tan acaloradas y dispares de los demás sobre sí mismo, dentro y fuera de las páginas de esta historia, en la ciudad y fuera de ella. Bien, pues ese efecto y muchos más genera el estrafalario Ignatius, caballero pilórico de la ciudad del Mardi Gras. A través de sus vicisitudes, despliega una soberbia a ratos involuntaria a ratos premeditada que le provoca continuos problemas laborales, éticos y gástricos, tintando todo con una particular visión hilarante del mundo y un difícil entente con el sexo femenino a través de la extraña lucha de amor-odio platónica con su alter ego femenino, la reivindicativa Myrna Minkoff, y la abusiva relación con su anciana madre, que dispone cansada su lomo a los continuos latigazos verbales de Ignatius, acomplejados y plenos de soberbia. Pero no es ese el mayor de sus problemas. En su elefancíaco transcurrir, este particular superman tripóyyn despotrica de todo y todos; contraviene en su cruzada a jefes, encargados, madres, policías, ancianos y cualquier otra forma de autoridad que ose discutir su visión de la sociedad presidida por la filosofía del pensador Boecio y su imparable rueda de la fortuna mientras escupe su manifiesto sociopolítico en decenas de cuadernos de gusanillo Gran Jefe que andan escampados por el suelo de su caótica y marrana habitación y que un día amenaza con compilar y publicar para gran desgracia de la inmundicia presente en el planeta. Ignatius es recalcitrante, inteligente, soberbio, hipocondríaco, infantil, punzante, procaz, déspota, destartalado, mordaz, pantagruélico, obsesivo, inconstante y atemporal. Y advierto, hay que multiplicar todos estos calificativos por cien y sólo así se encontrará en ello una medida aproximada de su grandeza excesiva.

En las páginas de “La Conjura”, Ignatius recibe plenos poderes de su creador Toole para proyectar una excelente sátira social sobre el microcosmos decadente y carnal de la Nueva Orleans de los años cincuenta, una ciudad ligada al carnaval continuo, en la que estrellas del burlesque, músicos y artistas comparten calle con matones, chulos, gangsters y otras calañas humanoides. Pero muy por encima de esto, la historia de Ignatius Jaques Reilly es una crítica brutal y alocada contra todo y todos. Una proclama totalmente actual contra esta sociedad en la que abunda la decadencia más absoluta y que está dirigida, según él mismo, por la falta de buen gusto, la decencia, la teología y la geometría.

A través del despliegue de personajes grotescos y situaciones tragicómicas es como la historia de Ignatius nos enseña que los antihéroes quijotescos, gordinflones y quejicas son más necesarios que nunca en esta gran mascarada que es la vida.

Reseña escrita por Robert Fornes en exclusiva para el número 20 de la publicación Granite&Rainbow.

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