Números

Quizás fue en aquella conferencia sobre la radiación cósmica de fondo. Tal vez ocurrió viendo aquel informe sobre el nuevo transbordador “Snachenye” de la agencia espacial rusa; pudiera ser que fuera en una de las interminables y estresantes jornadas de investigación sobre el proyecto que pensaba, lo iba a encumbrar como un astrofísico clave en la ciencia moderna. O puede que simplemente fuera comprando en el Supermercado. El caso es que desde hacía varios días, el Doctor Enrique Ferreras se sentía extraño. Añadido a su enorme estado de estrés, a esa sensación de cansancio crónico desde hacía meses, parecía como si algo, o alguien, le estuvieran señalando un camino de forma subrepticia. Notaba que al pasar de los minutos, un mismo símbolo, encarnado en un simple número, aparecía ante él de la forma más variopinta. Había comenzado de una forma trivial; preparando el desayuno, se percató que en el armario de las tazas, había perfectamente apiladas tres columnas de tres tazas en tres colores diferentes. Una vez duchado y conduciendo hacia el laboratorio, comprobó, con creciente estupor, que los semáforos se ponían en verde al contar hasta tres. En los tres pasos de cebra en los que paró por el camino, pudo comprobar que pasaron primero un grupo de tres ancianas asidas del brazo, posteriormente tres niños jugando con una pelota, y finalmente un matrimonio joven paseando un gran carrito por el que asomaban las manitas de tres niños, trillizos. De alguna manera, parecía que ese número fuese el protagonista del día y todo cuanto le pasara estuviera basado en ese guarismo.

Tres minutos y treinta y tres segundos tardaron en abrirle la valla que da acceso al parking. Ya por los pasillos, observó al entrar en su despacho en el centro de investigación que el pequeño cartel metálico que colgaba en la puerta, y que rezaba: “Dr. Enrique Ferreras. Jefe Unidad Investigación Astrofísica Conspecua Caelum” tenía algunas letras del revés, y donde antes hubieran letras “E”, ahora, a modo de escritura cirílica, aparecían en su lugar el símbolo “3”. Se frotó los ojos y volvió a fijarse en el pequeño letrero metálico, comprobando que había vuelto a su grafía original. Así, no eran más que meras trivialidades, coincidencias extrañas, pero al Dr. Ferreras, acostumbrado a encontrar el orden detrás del caos, aquello no le cuadraba. Tres informes sobre la situación del experimento clave había de revisar esa mañana. Incluso a las tres en punto recibió tres mails de tres compañeros docentes que le citaban a las tres del día tres, los tres.

El Doctor Ferreras no sabía que pensar. Caída la tarde, y después de revisar las fotografías recibidas del radiotelescopio, decidió, vapuleado, marcharse a casa. Sabía que la presión por encontrar resultados a sus investigaciones escondía un peligro real, lo había visto en compañeros, le podía llegar a carcomer la cordura. Se encontraba confundido ante la avalancha recibida de tan terciario número. Sabía que detrás de tanta señal debía haber un mensaje, alguien le quería decir algo. Preocupado y cansado, salió del despacho, tarde, mientras las luces del campus universitario comenzaban a tornar de natural en artificial. Y aunque sabía que iba a pasar, no consiguió dejar de sorprenderse al encontrarse tres carritos con aparatos para la limpieza en el pasillo central del edificio de laboratorios, tres bedeles conversando al lado de la puerta de salida, tres coches en el aparcamiento del edificio, tres motos paradas a su lado en cada uno de los tres semáforos hasta su casa, ni los tres mensajes dejados en el contestador de su teléfono, o las tres cervezas que descansaban turbias y frías en la nevera. Cogió una de ellas, y decidió no cenar esa noche. Convino sentarse frente al televisor a ver un programa en el que no tuviera que malgastar materia gris, eligiendo, sorpresivamente, el canal tres, en el que hacían una reposición de “Apartamento para tres”. Así espero a que le entrara el sueño, y cuando habían dado las doce en punto y el reloj de la cocina marcaba sonoramente el cambio de día, volvió a ocurrir algo sumamente extraño. El televisor cambió solo de canal, pasando a emitir “Canal Dos noticias”

El Doctor Ferreras se incorporó suavemente, con el peso del sueño cerrándole los ojos, y vio que en este canal, ofrecían el programa “Debate a Dos”, sobre actualidad política, en el que los portavoces de economía de gobierno y oposición se desgañitaban en descalificar las propuestas del oponente. Una súbita ola de tranquilidad le embriagó, porque aparentemente, no había rastro del número tres. Se incorporó del sofá, frotándose los ojos y pensando que, simplemente, había sido un día duro pleno de bizarras coincidencias. Apartó las manos del rostro, tranquilo ya al sentirse libre de la persecución numérica, cuando se le volvió a helar la sangre. En el mueble frente al sofá, había dos ceniceros colocados uno frente al otro. Cada uno de ellos contenía dos bolas de cristal pequeñas. Al lado, dos revistas dejadas caer asomaban por el borde de la mesa. Ferreras se levantó con los ojos como platos, viendo que los objetos del comedor se habían alineado perfectamente en grupos de dos. Así, los Ficus Benjamina esparcidos por la estancia aparecían emparejados, al igual que las sillas del conjunto del comedor, los vasos dentro del aparador, los mandos a distancia e incluso las fotos de familia dentro del mueble expositor. Caminó de un lado para otro, absorto en su particular demencia, mientras en la televisión acababa de comenzar un partido de dobles del torneo de Wimbledon. En aquel estado, pensó, lo mejor que podía hacer era servirse un buen trago de ginebra y meterse en la cama. Así lo hizo, pero el horror continuaba su curso sin remedio. Los cubitos en el congelador, pegados de dos en dos, dos tubos de neón fundidos en el techo de la cocina, dos sartenes sucias en el fregadero, dos tenedores, dos vasos, dos cuchillos, dos cucharillas, dos bolsas de basura llenas, otras dos bolsas vacías…

Para el Doctor Ferreras, aquella fue una noche agónica; apenas pudo dormir…un par de horas. Harto de atormentarse en la cama, se levantó muy temprano, se vistió, y se marchó a su despacho de la unidad de Astrofísica del complejo universitario, todo ello sin ducharse ni afeitarse, y con un marcado tufo a alcohol. Cualquier esfuerzo que hiciera por desembarazarse del número dos fue infructuoso. Varió la ruta para alterar el número de semáforos por el que pasar, pero todos ellos, menos dos, estaban estropeados aquella madrugada. Los autobuses, los taxis, los peatones, incluso las nubes, formaban en perfecta retículas binarias, para desesperación paranoide del Doctor. Así avanzó la jornada, torturándolo por partida doble. Cualquier cosa que hiciera, que pensara, se acomodaba automáticamente a ese número.

Se bebió la botella de ginebra que tenía en el despacho para las visitas corrientes de sus colegas de investigación, y a eso de las dos, se marchó del despacho completamente borracho para no aparecer por allí en toda la tarde.

Vagó por la zona del puerto, tratando de no fijar la vista en nada que le pudiera recordar su sinrazón numérica. Pero era del todo punto imposible; a la mínima que alzaba la vista, encontrábase infinidad de parejas paseando románticamente, veleros navegando a pares, al igual que gaviotas volando en formaciones de a dos, y perros correteando por parejas.

En medio de una monumental crisis nerviosa se marchó a su casa, desorientado, desquiciado, totalmente ido. Pasó la noche con la vista fija en la pared, absorto en la más absoluta nada. Sólo cuando el reloj de la cocina marcó la señal acústica que recordaba la cercanía de la medianoche, el Doctor Ferreras volvió a un leve estado de consciencia. ¿Qué pasaría al cambio de día? ¿Seguiría el número dos acaparando la atención de esa manera tan brutal? ¿O quizás su tormento sería encarnado por otro número? Por lógica debiera ser el Uno, pero….y si fuera el Seis? ¡O un Cuatro! O peor, ¿y si fuera un número decimal? ¿Y una fórmula?

Y en esas, llegó la medianoche. Y llegó el Uno. Y el Doctor Ferreras perdió definitivamente la cordura. Arrancó a lloriquear y a berrear, a tiempos iguales, al comprobar que, como por arte de una extraña y maligna brujería, donde hubieran varias, ahora solo había una unidad de cada cosa en su dormitorio. Solo un cojín, solo una mesita de noche, una lamparita, una almohada, una silla. Para más sinrazón, era totalmente incapaz de encontrar razonamientos que marcasen el protagonismo a otro guarismo. Así, parecía estar convencido que su número de teléfono era el 111-1111, el portal de su casa el 111. Su piso, el 11. ¿El día de su boda? El 1 de Noviembre. ¿El de su divorcio? El 11 de Enero. La matrícula de su coche era ahora 1111.

Sumido en un profundo estado esquizofrénico, pasó el día bebiendo ginebra en cantidades soeces. Hundido en el sofá, se veía a sí mismo correteando por el pasillo perseguido por oncenas de pequeños unos de color blanco, que dando saltitos apoyados en su única pata, rodeaban sus pies, subiéndose por sus muslos, acariciando sus piernas, sus brazos, su espalda, y susurrando palabras ininteligibles a sus oídos.

Tenía pánico a la llegada de la medianoche. Aún en su estado, era capaz de deducir que aquella macabra cuanta atrás llegaba poco a poco a su fin, con la lógica llegada del cero.

Y entonces se le ocurrió una idea. Quizás buscando clemencia en los hados, tomó la decisión de hacerle una fiesta de bienvenida al Cero. Engalanó su comedor con metros y metros de espumillón, con kilos de confeti, pintó carteles con mensajes de bienvenida al vacuo número. Puso el reproductor de música a un volumen estrepitoso, obviando con descaro las crecientes quejas y puñetazos de los vecinos por paredes y techo. Preparó una tarta con una leyenda trazada sobre el chocolate: “¡Bienvenido, Cero!”, rezaba.

A eso de las ocho de la tarde, ya deambulaba por la casa, charlando imaginariamente con todos y cada uno de los invitados imaginarios a la reunión social. Departió amigablemente sobre las decisiones políticas del Gobierno con el educadísimo Cinco, compartió risas y confidencias con el amable Nueve en la cocina, e incluso tuvo un rato de conversación con el Ocho, el Doce y aceptó tomar una copa con el Trece, que nunca le había hecho demasiada gracia.

Quedando ya pocos minutos para su llegada, cantó a pulmón lleno por estancias y pasillos, y acabó de colocar las cosas para la inminente llegada del protagonista indudable de la fiesta.

Faltaba escaso un minuto en el reloj de la cocina, y el Doctor Ferreras apagó todas las luces de la casa, para acto seguido abrir violentamente las ventanas del comedor. Entró una potente ráfaga de viento en la estancia, que derribó los vasos de plástico de la mesa, y volcó muchas de las velas que habían decorando la estampa, lo que hizo que comenzase a prender el mantel de la mesa, la moqueta en el suelo y los muebles de alrededor.

Once segundos para las Doce cuando el Doctor se subió al quicio de la ventana para contar la llegada del especial invitado. Diez segundos cuando las cortinas prendieron fuego. Nueve segundos manteniendo el equilibrio en el filo del abismo. Ocho pensando en la felicidad de la llegada. Siete riendo de forma histriónica. Seis cuando explotó el cristal de la puerta de la cocina. Cinco, Cuatro y Tres, mientras los vecinos llamaban desesperados al timbre de la puerta viendo el humo por debajo de ella. Dos y uno, el reloj de la cocina avisaba quedo de la llegada de la medianoche, y cuando ésta llegó, el Doctor Ferreras gritó a viva voz celebrando la llegada, y se lanzó decidido al vacío.

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