Retales

No hacía frío, tampoco calor. Colgada del hombro izquierdo, la mochila repleta de recuerdos. Un fuerte olor a nada envolvía la estación. Miré a un lado y a otro con resignación; otro día más. Tenía los pies cansados de caminar en ninguna dirección, las manos hinchadas de agarrar por los bordes sueños vacíos y los ojos doloridos de ver la vida sin entenderla. Comencé a caminar por el andén, mientras pasaban trenes por mi lado a toda velocidad, marchándose hacia el horizonte. Podría haber sido en cualquier otra estación, en cualquier otro momento, en cualquier otra vida.

Pero no, fue en esa estación, en ese momento y en esta vida.

Cuando ya estaba colocando en el suelo la vieja sábana blanca para exponer al mundo el amasijo de retales que soy yo, apareciste tú. Y te acercaste, con tu hermosa sonrisa, y tus andares de “tú no sabes ná”. Miraste con curiosidad cada una de las piezas desperdigadas por el suelo, y sin decir apenas una palabra, extendiste la mano y las tomaste todas. Y sonriendo una vez más, las metiste en un bolsillo de tu chaqueta. Algo de hacer un collage con los retales, creí entender, mientras dabas media vuelta y caminabas en dirección al viejo café de la estación.

Al rato, volviste para poner en mis manos una tarjeta donde habías dibujado la dirección de tu risa. Me besaste los labios, y en ese preciso instante, entendí para siempre que hay momentos en los que sin necesidad de mediar palabra, ni tan solo una, el aire barre las nubes del cielo, y es entonces cuando de verdad, crees que todo es posible.

Para ti, Yolanda.

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