En un mundo de humanos

Me acabo de aposentar sobre el sillón de la esquina. Con mil ojos, trato de ubicar espacialmente todos los objetos de aquella sala de estar en la que, sin saber muy bien cómo, he terminado cayendo. La mesa del centro, circular, en madera clara. Su tapete blanco, encima, de macramé; sobre él, un abigarrado frutero de loza blanca que ofrece manzanas, peras, plátanos y uva, cual repleta cornucopia de la abundancia vegetal. Detrás de todo ello, y al fondo de la habitación, un aparador clásico, clásicos libros en sus rectas estanterías, lineales, repleto de clásicas figuritas de porcelana, por todos los estantes, en cada rincón, inexpresivas, pluriformes, alegorías de escenas costumbristas pasadas de Siglo.

Inserta en el aparador, una vieja televisión, escupiendo imágenes a velocidad de vértigo ante mis enormes ojos. En el centro, una lámpara, siete brazos de latón, con siete soles de wolframio y cristal todo entroncado en un cuerpo metálico central, presidiendo la sala.
En un sillón, a la derecha, una anciana vestida de oscuro, compartiendo conmigo color de piel. Mirada dura, fruto del paso de los Eneros en su espalda. Piernas cortas, balanceándose a escasos centímetros del suelo, donde una compañera mía aplica su intuición en pasar desapercibida, y delante de ambas, esa caja que escupe brillantes luces y extraños sonidos.
Cercano a la mesa, sentado en una de las sillas de madera y mimbre a juego con la mesa, el anciano. Gorra marrón a rayas, de pana, calada hasta las orejas, camisa abotonada hasta el cuello, manos surcadas por mil arrugas, dedos anchos, fuertes, uñas duras, mirada vigilante.
Me está observando desde hace un rato. Mi presencia le incomoda, mi aspecto le produce repugnancia, rechazo. Mis ojos saltones le asquean, mi pequeño cuerpo tiznado le resulta un elemento que sobra en la composición.
He cambiado varias veces de sitio, tratando de esquivar su atención. Sé que tengo las horas contadas estando él en la habitación. Sé que mi aparente fragilidad, mi evidente inocuidad le traen sin cuidado. Sé que más pronto o más tarde irá a por mí, cuando piense que no le veo se abalanzará, tratando de convertir mi minúsculo cuerpo en una tortilla de tejidos y líquidos palpitantes.

Y es que si no es en esta ocasión, será pronto. Al fin y al cabo, no es fácil ser mosca en un mundo de humanos.

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